Hablar · Nivel 3 · Etapa acompañada

Contar lo que
pasó, en orden

«Y había tarta, y Lucas se cayó, y el globo se fue, y mi profe dijo que no, y luego nos dieron una bolsa.» Cada trozo es verdad y no puedes reconstruir la tarde. No es que se le olvide. Es que tiene las piezas y todavía no tiene la fila, y una cosa llega años antes que la otra.

Esto no lo estudia tu hijo. Lo estudias tú. Un crío de cinco años no va a leer esta página. Aquí está qué preguntarle, qué mirar y en qué te vas a equivocar. Lo que se comprueba es lo que hace él; el test del final te lo hacemos a ti.

Tener las palabras y ponerlas en fila son dos cosas

Suena a la misma habilidad y llegan separadas:

  1. Los nombres. Tarta, globo, profe. Eso es el nivel 2, y con tres años ya va entrando.
  2. El orden. Que el orden de las frases sea el orden de los hechos, y que se note qué fue antes y qué después.

Lo segundo no es memoria. Se acuerda perfectamente de las cinco cosas: lo que no tiene todavía es dónde colocarlas para que el de enfrente pueda montarlas.

Y hay una diferencia que conviene tener clara desde el principio, porque cambia lo que estás mirando. Un montón de trozos verdaderos no es una historia. Cinco frases ciertas unidas por «y luego» pueden dejarte sin saber qué pasó, y eso no se arregla añadiendo la sexta.

Aquí no falta contexto: falta el orden. Que el otro no tenga en la cabeza lo que tú tienes es el nivel 4 de este tronco, y dar el contexto que falta en un texto es Escribir, nivel 5, con los golpecitos de 1990 y su 2,5% de aciertos. Un relato puede tener todo el contexto y estar desordenado, y al revés. Son dos agujeros distintos y se tapan de maneras distintas.

Las historias suben por escalones, y el final llega el último

Applebee lo ordenó en 1978 mirando cientos de relatos de críos, y la escalera se reconoce en cuanto la lees:

Lo que saleQué es
«Tarta. Globo. Lucas.»Un montón. Cosas del mismo sitio, sin ningún hilo entre ellas.
«Había tarta y había globos y estaba Lucas»Una secuencia. Ya hay un tema común, y todavía no hay tiempo.
«Primero la tarta y luego se cayó Lucas»Una cadena. Aparece el antes y el después, que es lo de este nivel.
«Se cayó porque tropezó con el globo, y por eso lloró»Aparece la causa, que es más que el orden y llega después.
«…y al final le pusieron una tirita y siguió la fiesta»El remate. Lo último en llegar, y lo que convierte una cadena en una historia.

A los cinco, lo esperable es la cadena: muchos «y luego», el orden más o menos puesto y ningún final. El remate es lo que más tarda, y suele andar por los seis, siete u ocho años.

Y hay una cosa que sí depende de ti, y está medida. Se han comparado dos maneras de preguntar por lo que pasó:

  • Repetitiva. «¿Qué más? ¿Y qué más? ¿Qué más hubo?» Se pregunta lo mismo con otras palabras hasta que el crío se cansa.
  • Elaborativa. «¿Y eso fue antes o después de la tarta? ¿Quién estaba? ¿Y cómo acabó?» Cada pregunta añade una pieza y pide otra distinta.

Los hijos de quienes preguntan de la segunda manera cuentan relatos más largos y mejor ordenados, y la diferencia se sigue viendo años después. Además se ha probado al revés: entrenar a los padres a preguntar así cambia lo que cuenta el niño, medido un año más tarde. No es una correlación sola: hay ensayos, aunque pequeños.

Cómo saber dónde está ahora

Te hacen falta · algo que él haya vivido sin ti · cinco minutos · morderte la lengua

La prueba de la tarde que no viste

  1. Elige algo en lo que tú no estuvieras: el cumpleaños, la excursión, la tarde en casa de los abuelos.
  2. Pídeselo abierto y una sola vez: «cuéntame qué pasó en el cumple».
  3. Cállate y déjale acabar. Ni «¿y qué más?» ni cara de espera. Lo que sale solo es el dato.
  4. Apunta dos cosas: cuántos trozos cuenta y si puedes reconstruir el orden sin preguntar nada.
  5. Y el control: otro día pídele que cuente algo que hicisteis juntos. Si ahí sale mucho mejor, no es que cuente mejor: es que tú vas rellenando sin darte cuenta.

El control es la mitad de la prueba. Con algo que viviste con él, tu cabeza pone el orden sola y no te enteras de que lo estás poniendo tú.

Y esto no se aprueba ni se suspende. Lo que da es dónde está hoy, un martes, con ese cumpleaños.

Qué significa lo que ha contado

Si hace estoEs que
Cuenta cinco trozos y se pueden ordenarTiene la cadena, que es lo de este nivel. A los cinco es justo lo esperable, ni tarde ni pronto.
Cuenta cinco trozos y no hay manera de ordenarlosEstá en el montón o en la secuencia. Tiene las palabras y le falta la fila, y eso se trabaja preguntando por el antes y el después.
Empieza por el final y luego va y vieneNo es un fallo de orden: es que ha empezado por lo que más le impresionó. Se recoloca preguntándole por dónde empezó todo.
Lo cuenta todo con «y luego»La cadena funcionando. El «y luego» es el primer conector de tiempo que aparece, y durante meses es el único.
Se para y no sabe seguirCasi siempre le falta un ancla, no memoria. «¿Y después de la tarta?» le devuelve el hilo sin darle la respuesta.
Cuenta el final y ya estáLe falta el principio, que es lo que el oyente necesita para montar lo demás. Es muy común y no significa nada malo.
No hay remate: acaba y se queda tan anchoLo normal a esta edad. El final es lo último que llega, y anda por los seis, siete u ocho.
Contigo cuenta genial y con otro noEs la señal de que en casa vais rellenando entre los dos. El dato bueno es el que sale con alguien que no estuvo.

Qué hacer, en concreto

Nada de esto es una sesión. Son cinco segundos, muchas veces al día, dentro de lo que ya hacéis.

  • Pregunta por el antes y el después. «¿Eso fue antes o después de la tarta?» Es la pregunta que construye la fila, y se puede hacer veinte veces al día.
  • No preguntes cosas de sí o no. «¿Te lo has pasado bien?» se contesta con una palabra y ahí se acaba el relato.
  • Ancla el principio. «¿Por dónde empezó todo?» Sin principio, el que escucha no tiene dónde colgar lo demás.
  • Pide el final. «¿Y cómo acabó?» Es lo último que llega, y preguntarlo lo hace aparecer antes.
  • No le corrijas el orden a media frase. Cortar para colocar una pieza le quita el turno, y el turno es donde está aprendiendo.
  • Cuéntale tú también tu día, en orden. Con su principio, su medio y su final. Oír la forma hecha vale más que cualquier explicación.

Y de mayores, el desorden se paga en turnos

Aquí es donde este nivel deja de ser cosa de niños. En una oficina, contar lo que pasó es media jornada de todo el mundo: el parte de una incidencia, el correo que explica por qué se ha retrasado algo, el resumen de una reunión.

Y un relato desordenado no se paga leyéndolo dos veces. Se paga en preguntas de orden, del tipo «¿eso fue antes o después de que llamara el cliente?». Cada una es una ida y vuelta.

Con las cifras de una gestoría de seis personas y la hora cargada a 22 €. Un correo con tres huecos de orden son tres turnos, y cada ida y vuelta se lleva unos doce minutos entre los dos lados:

3 turnos × 12 min = 36 minutos de trabajo por relato

Pero el número que duele no es ese. Si cada respuesta tarda cuatro horas en llegar, esos tres turnos son doce horas de reloj:

3 turnos × 4 h de espera = 12 horas, o sea día y medio de jornada

Son dos costes distintos y solo uno se ve. Los 36 minutos aparecen en el tiempo de alguien. Las doce horas no aparecen en ninguna parte: se las come el calendario, y el retraso se le acaba atribuyendo al problema y no al relato.

Lo que cuesta un relato desordenado

Aviso de método, no de modelo. Esta caja es aritmética de turnos y no sabe nada de relatos: puede decirte lo que cuesta preguntar, no si el relato estaba bien contado. Los doce minutos y las cuatro horas son cifras de andar por casa; si las quieres de verdad, se cuentan durante una semana en tu bandeja de entrada. Y supone que cada hueco se resuelve en un turno, cuando a veces una respuesta abre dos preguntas nuevas.

Y hacia dónde sigue esto en el mapa. El nivel 4 de Hablar es explicar a quien no lo ha visto, que es darse cuenta de que el otro no tiene lo que tú tienes en la cabeza. El 5 ya es del otro lado: oír algo mal explicado y señalar el hueco. Y Leer, nivel 5 es lo que le pasa a quien recibe el relato desordenado: pierde el hilo y no se entera de que lo ha perdido.

De dónde sale esto

  • Applebee, A. (1978). The Child's Concept of Story. La escalera de los relatos infantiles, del montón a la historia con remate, sacada de cientos de relatos de críos. De aquí sale la tabla de arriba y también la paciencia: son escalones, no un interruptor.
  • Fivush, R. y Reese, E. Los trabajos sobre estilo elaborativo y repetitivo al hablar del pasado con niños pequeños. La diferencia entre preguntar «¿qué más?» y preguntar por el antes y el después, y lo que se ve años más tarde.
  • Peterson, C., Jesso, B. y McCabe, A. (1999). Encouraging narratives in preschoolers: an intervention study, en Journal of Child Language. El experimento del revés: se entrena a los padres a preguntar de otra manera y se mide al niño un año después. Es lo que permite decir algo más fuerte que «va junto».
  • Reese, E., Haden, C. y Fivush, R. (1993). Mother-child conversations about the past, en Cognitive Development. El seguimiento largo, que es de donde sale que el estilo del adulto no es una manía sino una variable con efecto medible.

Y lo que estos modelos no dicen. Primero, las edades son medias y la horquilla es enorme: hay críos que rematan una historia a los cuatro y otros a los ocho, y los dos van bien. Segundo, casi todo esto se ha medido en inglés y con muestras pequeñas, y los ensayos de entrenar a los padres tienen pocas familias cada uno; la dirección es sólida y el tamaño del efecto, mucho menos. Tercero, un relato mal ordenado no siempre es del que cuenta: si le preguntas mientras hace otra cosa, el desorden es de la situación. Y cuarto, nada de esta página dice nada sobre ningún niño en concreto: si hay una preocupación de verdad con el lenguaje, se habla con un profesional, no con una página.

Comprueba que lo has entendido tú

Doce preguntas de un banco de cuarenta y ocho, distintas cada vez, así que volver no es memorizar. No te dice si aciertas hasta el final: si te lo dijera, las doce se contestan por descarte. Con un 70% el nivel cuenta en tu mapa.

Y no te preguntan cómo se llama nada. Te preguntan qué haces cuando tu hijo cuenta algo, y qué haces cuando el correo de un compañero no se puede ordenar.

Un tercio son de otro tipo: te enseñan el razonamiento entero de un padre o una cuenta ya hecha, y tienes que decir en qué renglón se rompe. Casi nunca falla la multiplicación. Falla el primero, donde se montó mal la prueba o se decidió qué medía. Una de cada cuatro no se rompe en ninguno.