No es un temario.
Es un mapa.
Matemáticas de primero no desbloquea lengua: desbloquea matemáticas de segundo. Aquí pasa igual. Lo que sube de nivel no es el curso, es cada habilidad por separado, y algunas se sostienen sobre otras.
Arriba, los nueve troncos: nueve verbos que empiezan al año y no se acaban nunca. Abajo, las ramas que se sostienen sobre ellos, con los veintidós módulos ya escritos. Las líneas de puntos todavía no bloquean nada, porque lo de arriba está por escribir.
Se cierra el crédito, no la lectura. Puedes entrar en cualquier módulo y leerlo entero ahora mismo, aunque el mapa lo pinte cerrado. Lo que pide el examen previo es que el nivel cuente.
Los primeros niveles
no son para el niño.
Son para quien lo cría. Un crío de tres años no lee, así que no puede usar esto: quien lee eres tú. El nivel te dice qué hacer esta semana para que mejore, y lo que se comprueba es lo que responde él.
Nadie sabe explicarle una proporción a un niño de cuatro años. Se sabe que hay que hacerlo, y ahí se acaba. Esos treinta y dos niveles son eso: qué poner delante, qué preguntar y en qué te fijas para saber si lo ha pillado.
Aquí no se registra ningún menor, ni con permiso de nadie. La cuenta es siempre de un adulto, y el progreso de la etapa acompañada es su propio registro de lo que va viendo en casa. No es un certificado y no pretende serlo.
Los niveles de tronco
que ya se pueden leer.
Los troncos son la parte larga: se empiezan al año y no se acaban nunca. De momento hay uno escrito, y se lee entero sin cuenta como todo lo demás.
Las habilidades,
y cómo se comprueban
Ninguna entra en el mapa sin decir cómo se mide. Es lo que separa esto de la autoayuda: una nómina cuadra o no cuadra, y un punto muerto sale o no sale.