La etapa acompañada

Al principio no lee el niño.
Lee quien lo cría.

Treinta y dos de los sesenta y un niveles de habilidad son de esta etapa. No los estudia el crío —todavía no lee—, los estudia quien está con él. Cada uno dice qué hacer esta semana, y lo que se comprueba es lo que el crío responde.

Aquí no se registra ningún menor, ni con permiso. La cuenta es siempre de un adulto.

Nadie sabe explicarle
una proporción
a un niño de cuatro años.

Se sabe que hay que hacerlo, y ahí se acaba. Esa es la razón de esta etapa: no es una versión infantil del sitio, es la parte que a un adulto le falta para poder enseñar. Lo mismo que hace un módulo de máster con una empresa, un nivel acompañado lo hace con un crío: un caso, una cosa que hacer y una forma de comprobar si salió.

Qué trae un nivel

De dónde sale lo que se afirma, con su bibliografía. Qué hacer esta semana, en concreto y con las palabras que se dicen. Y qué se le pregunta después, que es lo único que cuenta como prueba: se le pone delante y o lo hace o no lo hace.

Qué no trae

Edades. Ningún nivel dice a qué edad toca, y es deliberado: los críos no van todos al mismo paso y una etiqueta de edad solo sirve para que alguien se salte lo que necesita o se agobie con lo que no. Se nombra por lo que se sabe hacer.

32 niveles · nueve habilidades

Los que se estudian
con él delante.

Agrupados por la habilidad que suben. Cada uno es una página con su caso, sus cifras y su quiz: quien se examina eres tú, porque eres quien tiene que saber explicarlo.

Después de esta etapa la escalera sigue, y ahí ya la sube él solo: son los otros veintinueve niveles, en las nueve habilidades. El primer cruce entre dos habilidades aparece pronto, cuando cambia un cromo por otro: eso es un precio, y es el mismo mecanismo que estudia un máster entero.